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jueves, 20 de mayo de 2021

EL PATIO



En cuanto suena la música, los pasillos y las escaleras se llenan de gente que desciende hacia el patio y hacia la cafetería. En la cafetería, rápidamente se hace una cola para recoger los bocadillos  encargados o para pedir algo de almuerzo. Rubén ha conseguido acercarse a la barra, pero la mujer parece no verlo. Intenta llamar su atención:

--¡Disculpa...!
La mujer se mueve todo lo rápida que puede sirviendo paninis, zumos, empanadillas y chuches.
Rubén lo intenta de nuevo:
--Disculpa, ¿me das un cruasán?
La mujer le mira, pero continúa atendiendo a las personas de su lado.
Finalmente se vuelve y coge un cruasán y se lo entrega.
Rubén le da las monedas y se da la vuelta para irse hacia el patio. Detrás de él se han situado cuatro alumnos más mayores que él. Cuando intenta abrirse paso, empiezan a empujarlo haciendo como que les ha molestado. El cruasán cae al suelo. Rubén lo ve caer y mordiéndose los labios sale en dirección al patio.
El cruasán queda en el suelo, en medio de los tipos que se ríen y se piden unos a otros que lo cojan. Nadie se anima.    Un segundo, 50 segundos, un minuto... Los matones pierden el interés por el cruasán. Me ha llegado el turno en la barra. Cuando vuelvo a girarme el cruasán ha desaparecido, Los matones todavía siguen ahí.

La violencia social se extiende por debajo de lo cotidiano como una mancha de petróleo invisible y en algún momento  salta la chispa y se provoca el incendio. Lo sofocamos y nos olvidamos de que la mancha sigue aumentando su extensión, ganando terreno.

La vida se está poniendo difícil y esto se percibe de manera muy clara en los centros escolares. Las familias sobrepasadas no pueden hacer frente a los problemas de adolescentes enganchados al móvil y a los juegos online (a veces a sustancias peores).  Faltos de habilidades sociales y con mucho malestar, habiendo dormido poco, se presentan diariamente en el instituto que perciben como una especie de centro penitenciario en el que serás sancionado a nada que te saltes las normas.

Se construyen espejismos sobre el aprendizaje que no deja de ser una carrera de obstáculos en la que el alumnado es tratado como seres inacabados que serán año tras año seleccionados para que al final solo lleguen los mejores, académicamente hablando.

Hay poca empatía, solidaridad, generosidad, en el sistema educativo. Aunque se llenen los vestíbulos con murales que recogen los valores a defender, la realidad sigue pasando de largo, sin detenerse. Los empujones, zancadillas e incluso la cruel invisibilidad siguen dándose en los pasillos. Al final todos sobrevivimos como podemos. Pero de cuando en cuando, la chispa salta y se monta. Al día siguiente, todo habrá vuelto a la normalidad.

miércoles, 14 de abril de 2021

A CONTRARRELOJ

 


 

¿Qué es el tiempo? Parece que fueron los sumerios los primeros en dividir los movimientos del cielo en intervalos mensurables: 360 para días para contar un año, seis veces sesenta. Esa esfera redonda que llamamos reloj y que divide el tiempo en doce partes de sesenta minutos tiene algo de sistema perfecto, fascinante.  Son  esos objetos perfectos que nunca dejarán de existir, aunque los nuevos formatos tecnológicos les hagan la competencia.

El tiempo, ¿lo dijo Charles Chaplin?, "es el mejor autor; siempre encuentra el final perfecto".

“Tú tienes reloj, yo tengo tiempo”, le dijo el tuareg Moussa Ag Assarid al periodista Víctor M. Amela durante una entrevista en La Vanguardia.  Es pensar en esa frase y me parece ver ante mí la arena del desierto, sentir la brisa cálida, ver a los camellos avanzar lentamente en caravana sobre la cresta del duna.

Cuando visité Marruecos,  me llamaba mucho la atención los cafés, llenos de hombres que parecían estar ahí simplemente contemplando el transcurrir del tiempo, totalmente ajenos a ajetreo de los viandantes y de los vehículos en una ciudad estresada.  ¿Cómo podían permitirse el lujo de estar ahí  sentados, tan tranquilamente?, me preguntaba. ¿Acaso no tendrán que ganarse la vida?, ¿nada qué hacer?

En  nuestra cultura nos educan desde niños con el imperioso mandato de “no perder el tiempo” y hoy en día será raro encontrar a alguien que no se queje de estrés y de falta de tiempo. Su carencia nos sirve de excusa para no llamar a los padres, a las hermanas o amigas. Nos hemos convertido todos en el conejo apresurado del cuento de Alicia.

Sin embargo, el tiempo, aparte de ser algo objetivo, medible, mesurable, es una ilusión. Sabemos que es, en su paso,  irremediable. Pero que la vivencia del tiempo cada uno la tiene para sí.

En cuanto tenemos tiempo, nos entra la angustia de no saber cómo matarlo. “Matar el tiempo”, bonita expresión. Siempre vamos buscando la manera de que el tiempo  pase rápido, porque si no, sentimos que nos aburrimos, que  algo va mal.

En las películas, en las series, las personas ricas, de éxito, o están tumbadas tomando el sol en la piscina o están corriendo de un lado para otro. No hay término medio. Y así vivimos.

Podríamos seguir con estas reflexiones en torno al tiempo, pero ya se sabe, “el tiempo es oro” y va siendo momento de ir a dónde quiero llegar, que es a plantear la gestión que se hace actualmente del tiempo como una violencia social.

Un bebé necesita nueve meses, cuarenta semanas de gestación, para nacer, pero puede escoger el día con un amplio margen de dos semanas. Una madre no puede retrasarse ni cinco minutos en recoger a su hijo o hija a la salida del colegio por la tarde. El hijo o hija se sentirá abandonado --¡¿Otra vez, mamá?!—y la persona que haya tenido que quedarse con el infante le dedicará su resentimiento.

Estas anécdotas pasan todos los días, sin que nadie les dé importancia. Forman parte de las prisas que llevamos, de nuestra aceleración por querer llegar a todo. Son parte de una presión silenciosa que nos va ahogando y que señalamos como violencia social.

Hace mucho que la mujer se incorporó al mundo laboral en igualdad de condiciones que el varón. La casa se ha quedado vacía, pero seguimos ejerciendo nuestro derecho a tener una familia. La conciliación familiar se ha quedado en humo, en nada. Los políticos y los medios de comunicación han sabido captar la necesidad desesperada de los padres y desviarla hacia….¿las personas que dirigen las empresas que les obligan a trabajar cada vez más horas por menos salario?; ¿los legisladores que no tienen en cuenta que los niños se suelen poner enfermos?; ¿la publicidad que nos abduce el cerebro para que no paremos de desear cosas trabajando más para obtenerlas? No, nada de eso. Resulta que han sabido muy bien dirigir esa rabia, esa frustración e impotencia, hacia la escuela. La escuela es la culpable de todos los males, hoy por hoy.

De todas formas, aunque la escuela cumpla mejor o peor con su papel, aunque se alargue la jornada escolar con las extraescolares, aunque aparquemos a nuestras personas ancianas en residencias, sabemos que algo no está funcionando.  Y este mal funcionamiento social genera violencia. Las familias son un núcleo de tensiones: los problemas económicos, la falta de tiempo, las adicciones, los problemas de relación  con adolescentes, la inestabilidad laboral o el paro… La violencia dispara el maltrato, las adicciones, el consumo de antidepresivos o ansiolíticos, el suicidio.

Antes de plantear posibles soluciones, habría que afrontar los problemas, hablarlos, reconocerlos. Cuando se pide, por ejemplo, a los trabajadores movilidad geográfica, ¿se está teniendo en cuenta que pueden tener una familia?

¿Por qué las personas trabajadoras tenemos que salir baratas, ser flexibles, reinventarnos y no generar ningún tipo de problemas? ¿Y si se me pone malito el niño?; ¿lo abandono?

Quizás podríamos empezar por cuestionarnos las grandes verdades asumidas como precepto divino: ¿el trabajo tiene que ser lo opuesto a la vida?; ¿es el valor supremo?; ¿lo justifica todo?

Hay un tiempo de valor incalculable, un tiempo de calidad que es el que dedicamos a nuestras aficiones, a compartir momentos con las personas que amamos,  a divagar... La cantinela de “no te tengo tiempo” es una idea inoculada perniciosa y deshumanizadora.

viernes, 12 de junio de 2020

Estudios sobre el origen de la violencia. Leyendo a Rita Laura Segato (1)


Son fiestas. Hay mucha gente por la calle, todo tipo de gente. La mayoría han bebido más de la cuenta y van en grupos; gritan, cantan, se tambalean de un lado al otro de la calle, cogidos por los hombros.  Ella también ha bebido mucho y hace rato que perdió de vista a sus amigas. Se encuentra mal y si pudiera pensar con lucidez, se diría a sí misma que ya es hora de regresar a casa. Hay un joven que camina a su lado y la invita a beber de su cubata. ¿Por qué no? ¿Qué más da, un poco más? Parece simpático. La hace reír con una gracieta y ella baja la guardia. Es joven, simpático, no demasiado feo. La noche podría acabar bien, después de todo. El joven le pide un beso y ella lo rechaza. Él insiste, le ruega y dulcemente, sin que se dé cuenta, la va empujando hacia la entrada de un edificio. Unas manos tiran de ella. Ya no es él, no está solo. Ella es el botín que ofrece y comparte con sus amigos.



Hechos similares se repiten una y otra vez en cualquier lugar del mundo. No se limitan a violar en grupo, sino que suelen grabar la escena, colgarla en las redes, compartirla entre sus amistades. Se pavonean de ello entre su camarilla.

En sociedades tribales, la violación en grupo suele ser un acto para castigar a la mujer que ha franqueado la norma o ha perdido la protección del padre o hermano. Segato sospecha que estas prácticas primitivas pueden tener una relación con las violaciones en grupo que se dan en las sociedades modernas: los individuos estarían actualizando una estructura simbólica sobre un sujeto genérico. “Como castigo o venganza de una mujer genérica que se salió de su lugar” (p.31)
La violencia social tendría su origen en la tensión entre dos ejes:
-Un eje vertical, jerárquico, en el que la posición viene dada por la usurpación, por el sometimiento del otro que es subordinado y del que se obtiene el tributo.
-Un eje horizontal, en el que la posición vendría marcada por la relación con los semejantes, con lo que las relaciones serían de contrato o de competición.
Se trata de un sistema inestable, pues el poder conquistado, tomado con violencia, se verá amenazado continuamente. El no ser capaz de mantener la posición jerárquica implica perder la posición entre tus iguales.
La cúspide del poder jerárquico la ocupa un hombre, blanco, heterosexual, rico y norteamericano.
El mantenimiento de estas posiciones sería lo que generaría la violencia social.
Hablando de masculinidad, la violación de la mujer simbolizaría el tributo que el hombre ofrece a sus semejantes para sellar su pertenencia al grupo y probar su masculinidad.
Un concepto de masculinidad heredado de las sociedades patriarcales primitivas que funcionaría como un chip instalado en el cerebro, pero que del mismo modo podría ser desinstalado, borrado, reprogramado.
Segato propone combatir esta violencia desde las leyes, pues al nombrar el delito lo desnaturalizamos, tomamos conciencia del daño que inflinge y proponemos una manera correcta de ser y relacionarnos en nuestra sociedad.

Bibliografía: Segato, Rita Laura (2003), Las estructuras elementales de la violencia, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes.

La guerra. Triste guerra

W. es un niño inteligente, tímido, que sabe de programación y habla tres idiomas. W. es el niño más triste que he conocido. Lo he visto sonr...